Medianoche de Murid Barguti,

O Macbeth en Palestina[1]

 

Luis Miguel Cañada

 

De un lado la muerte, criatura afable y compasiva con quien el sujeto poemático toma café y juega entre risas, anunciándose con rostro familiar desde la antesala de este poema, ceñida de pañuelos y cadenas, unida a las pequeñas cosas del vivir diario, lejos incluso del enemigo y de la guerra. De otro lado la vida, alimentada de lo íntimo y sencillo, manipulada con una sensibilidad fresca y dramática que captura los instantes fugitivos, que es reclamada con voz enérgica y sincera para acabar convertida en la puerta de salida de esta epopeya. Y entre ambas el poema, cuyo original sobrepasa el centenar de páginas y es paradigma de lo que podríamos llamar “literatura viva”, la que corresponde a la vida del autor, la que ha sido amasada con sus vivencias, pero que a su vez es capaz de atrapar al lector porque a pesar de las distancias en ellas se ve identificado, como le sucederá al traductor, cuyo respeto y admiración se gana desde las primeras páginas.

 

Murid Barguti (Ramala, 1944) es conocido en Europa por su única obra en prosa (Ra’aytu Ramala); y en el mundo árabe, por sus catorce libros en verso, entre los que destacan los Poemas de la acera (1980), La palabra de las criaturas (1996), o La gente en su noche (1999). En su escritura, la crítica ha marcado un punto de inflexión a partir de Tal al-chatat (Un exilio demasiado largo), publicado en 1987 y cuyo germen se halla en las masacres de Sabra y Chatila. A partir de esta obra, Barguti traduce de modo cabal la unidad entre la experiencia personal del poeta y el drama de su pueblo. Esto no significa que su poesía sea mero altavoz de una causa o un drama, pues muy al contrario se mantiene distante de la sangre que tiñe la poesía palestina y apartada del surrealismo que aún en gran medida frecuenta la poesía árabe contemporánea. Su poética no se atiene a teorías o modas literarias, convencido como está de que “la vida siempre es más rica que los caminos de la escritura” y de que “un buen poema tira por tierra todas las teorías y argumentos de la crítica literaria”. Quizás por ello resulta fácil verlo como un poeta de la verdad -entendida a la manera de Albert Cohen como aquello que hay entre las palabras y se siente en la alegría-, como un poeta con “el alma incansable y asombradiza de los niños”.

 

Medianoche es un poema-libro que tiene por leitmotiv el momento a caballo entre un año y otro año. En el corto tiempo que separa el gesto mecánico de descolgar el calendario del año que acaba y el gesto siguiente de colgar el calendario del año que empieza; en ese breve instante, cabe una vida y brota un poema. En ese lapso de un año cualquiera, por la ventana de un hombre a solas van entrando escenas e imágenes de su mundo propio y del mundo, van entrando los temas de la obra: el exilio, la soledad, la injusticia, la muerte, la esperanza…, temas que una vez filtrados por el cristal de su lenguaje y su corazón dejan de ser locales para llegar a la sensibilidad de los lectores de cualquier latitud. En su relato, la vida queda en suspenso, detenida, dormida; su tiempo, aniquilado. Y el poema, contrariamente, mana como un canto de esperanza y recoge una biografía completa, desde la casa de Oriente donde nació hasta el presente junto a la mujer amada.

Si su obra autobiográfica He visto Ramala[2] es el archivo de la memoria de esta ciudad de Cisjordania y de sus gentes, Medianoche es el archivo de los exilios interiores del poeta Murid Barguti y el autorretrato del hombre sin patria en que se ha convertido. Esta obra nos muestra lo extraordinario y sorprendente de las cosas corrientes –como que una familia pueda sentarse completa a la mesa para la cena-, y nos muestra lo corrientes que son las situaciones extremas –como que un niño sea alcanzado por una bala perdida-. El asombro de lo común es expresado por Barguti con una lengua precisa, visual y sencilla, con una lengua cercana y rica en imágenes: Ningún barco es huésped de la mar. / El muelle es terracota que se rompe. Es esta llaneza de su lenguaje lo que subraya, por contraste, la complejidad y la anormalidad de los hechos y sentimientos que describe.

 

Su mirada parecía ordenar a las ruinas

que devolvieran la vida a la casa,

que devolvieran los visillos a las ventanas,

mi abuela a su butaca,

y a ella sus pastillas de colores,

que devolvieran las sábanas a las camas,

las bombillas a los techos

y las fotos a las paredes.

Era como si su mirada devolviese

los picaportes a las puertas

y los balcones a las estrellas,

como si nos acompañara de nuevo a terminar la cena,

como si la existencia no hubiera sido arramblada,

como si el cielo tuviera ojos y oídos.

Se quedó allí con la vista clavada en el vacío.

Yo pregunté:

¿Qué haremos cuando se vayan los soldados?

 

Y lo hace con un texto polifónico, a medio camino entre el poema en prosa, el relato breve y la descripción aforística, donde el tiempo y la muerte son sus coordenadas.

 

Tienen el labrador,

el tren

y el río

una hora de llegada

y una fiesta por lograrlo sin daño.

[…]

¿Por qué será que en sus mortajas todas las víctimas

me parecen criaturas en actitud pensativa?

 

En Medianoche reconocemos al autor por la sorprendente facilidad con que teatraliza el poema y, del mismo modo, por su conocimiento profundo e interiorizado de la literatura anglosajona. No es exagerado afirmar que su poesía bebe y es tan deudora de esa literatura como de los clásicos árabes. Junto a Almutanabbi, Yeats, El Corán o Abu Tammam, hay en este poema una larga cita de los conocidos versos del acto V de Macbeth (“La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia”[3]), una cita que nos ha permitido ver que son muchos los paralelismos que podrían establecerse entre una y otra obra. Si Macbeth nos ofrece la oportunidad única de compartir la vida interior del asesino, de concebir con él la magnitud de su experiencia y de vivir el mal y sus efectos, con todo su horror y su misterio, Medianoche nos ofrece la oportunidad única de compartir la vida interior del exiliado, de concebir con él la magnitud de su soledad y de vivir la desesperación y sus efectos, con todo su dolor y su silencio.

Macbeth, lo recordarán, estaba convencido de que ningún ser humano podía ser más fuerte que él. Y así, en el acto V Lady Macbeth le diría: “No temas. Nadie nacido de mujer tendrá poder sobre ti […]” Barguti, como un leitmotiv que recorre esta obra, se pregunta con insistencia qué puede hacer él, un hombre nacido de mujer, nacido de su madre en la casa de Oriente “cuando el sol se frotaba las pestañas del alba primera”; se pregunta, preguntándonos, qué puede hacer él frente al discurso de los políticos corruptos y los falsos profetas, frente a la invasión extranjera y la devastación del saber oculto en un museo como el arqueológico de Bagdad; qué hacer frente a los misiles inteligentes que matan mariposas -en Coriolano, Shakespeare también despedazaba mariposas con las manos de un niño-; frente a la condena de los recién nacidos que tendrán que “encontrarse con la muerte, como se encuentran el botón y el ojal en el pecho de la camisa”. Como en Macbeth, su lenguaje es paradójico: bello es feo y feo es bello. Como en Macbeth, hay personajes que entran y salen constantemente de escena. Como en Macbeth, los protagonistas sienten el alma llena de escorpiones y se preguntan si no habrán comido la raíz de la locura que hace prisionera a la razón.

Y sin embargo no es éste, como Macbeth, un poema en torno al pecado capital de la avaricia o la codicia, sino un poema de repulsa de nuestra era, donde la codicia de Estado se enseñorea como uno de sus rostros más feos. Es éste un poema escrito al ritmo de un corazón fatigado que pone su esperanza en el poder de la metáfora, en la repatriación de los desterrados, en que la verdad deje de ser una cerilla mojada y en que la muerte, avanzando por los pasillos de la paz, se equivoque y nos conceda un año más de vida. Y porque está escrito con esa esperanza cabe recordar, por último, que si a lo largo de sus dos mil versos la vida cotidiana queda en suspenso, dormida, y el tiempo aniquilado, cuando nos acercamos al último de ellos y justo antes de cerrar el libro entre las manos, ya concluida su lectura…, en ese instante, vuelve a latir el pulso de la vida.

 


 

[1] Extracto del texto de presentación de Medianoche, leído el 2 de diciembre de 2006 en el Auditorio de Cuenca, en el marco del encuentro “Palestina: Tierra, exilio, Creación”, organizado por la Escuela de Traductores de Toledo y la Fundación Antonio Pérez.

 

[2] Véase la excelente versión castellana de Ignacio Gutiérrez de Terán en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2002.

 

[3] La versión castellana de estos versos de Shakespeare: Macbeth, Acto V, escena V, pertenece a Ángel Luis Pujante: Madrid, Espasa-Calpe, 1995. Lamento que en la edición de Medianoche haya desaparecido la nota del traductor que así lo especificaba.